«Tomateros», rumbo a la Serie Final de la presente temporada del frígido circuito




El frío de enero en Culiacán, olía a tierra húmeda y a promesas. Bajo los reflectores que cortaban la negrura del Estadio «Tomateros», el diamante era un pedazo de esmeralda pulida, un altar donde esa noche se ofrecería un duelo. No era cualquier juego; era el primer capítulo de la semifinal y el aire vibraba con el rumor de miles de almas que, envueltas en chaquetas y bufandas, esperaban fuego.
Los «Tomateros», vestidos de un guinda y blanco inmaculado, salieron como dueños de ese templo. Y en la primera entrada, escribieron su declaración de intenciones con letras de fuego. El bate de Joey Meneses, resonó como un estampido seco, lanzando un bólido rojo que se perdió en la oscuridad de los jardines para un doble productor. La chispa estaba encendida. Luego, el elevado de sacrificio de Orlando Martínez, fue una ofrenda perfecta, un ave blanca que llevó a Ichiro Cano a cruzar la goma con el segundo run de la noche. Fernando Villegas, con la sangre caliente, remató con un sencillo contundente que trajo a Meneses a casa. Tres carreras. Un latigazo inicial que resonó en las graderías y heló el dogout visitante.
Del otro lado, los «Algodoneros» de Guasave, los hombres del «Corazón Agrícola», parecían atrapados en una helada inesperada. Sus bates, apenas dos hits toda la noche, chocaban con un muro llamado Manny Barreda. El pitcher de Culiacán era un titán en el montículo. Su brazo, una catapulta implacable, lanzaba pelotas que parecían esquivar la madera con vida propia. Durante cinco entradas y dos tercios, tejió un hechizo de pelota sin hit, dominando con seis ponches que sonaron como portazos en la esperanza algodonera. Los abanicados, los swings al aire, se sucedían uno tras otro, un estéril forcejeo contra la noche culichi.
El silencio ofensivo de Guasave era tan profundo que hacía más estridentes los golpes de los locales. En la quinta entrada, Fernando y Luis Verdugo, con la precisión de artesanos, colocaron sencillos que empujaron a dos corredores más a la base de registro. El marcador, ya abultado, era un peso sobre los hombres visitantes.
La octava entrada puso el punto final. Bryan Corral, ágil como un galgo, se plantó en tercera. Román Alí Solís, alzó la vista al cielo y con un elevado de sacrificio tan calculado como el vuelo de un halcón, lo trajo a casa. La sexta carrera cruzó el plato, un run más en el desfile de la victoria.
En el montículo de los «Tomateros», el relevo fue una procesión de centinelas. Sasagi Sánchez, Keone Kela y David Gutiérrez. Cada uno tomó la antorcha de Barreda y custodió la ventaja. Kela, en particular, en su entrada completa, lanzó con la furia de quien defiende un tesoro, sellando su labor con dos ponches que silenciaron cualquier último susurro de rebeldía.
Para los «Algodoneros», la noche fue un largo invierno. Tyler Jandron, el abridor, cargó con la derrota, asediado por los hits rojos que brotaban como frutos prohibidos. Sus relevistas, Izaguirre, Vázquez y Anguamea, contuvieron la marea, pero el daño ya estaba hecho. Su única anotación en la columna del error hablaba de una noche de desventura.
Cuando David Gutiérrez lanzó el último strike, un silencio de alivio y luego una explosión llenaron el aire: 6-0. Los «Tomateros», habían plantado su bandera con firmeza en este primer asalto de la semifinal. La multitud estalló en un rugido que trepó por las montañas de Sinaloa. No era solo una victoria, era un mensaje tallado en diamante: el camino a la «Gran Final» había comenzado y Culiacán, con sus bates calientes y sus brazos de acero, no estaba dispuesto a dejar de pelear. La serie apenas respiraba, pero la primera herida, profunda y silenciosa, ya estaba en el costado de Guasave.
Segundo juego: «Tomateros» (6) vs (4) «Algodoneros»



El aire de enero en Culiacán, olía a tierra mojada y a promesa. Bajo las potentes luces del estadio, la fría noche sinaloense ardía con el calor de la rivalidad. Los «Tomateros», vestidos del rojo sangre de su cosecha emblemática, defendían su fortaleza. Frente a ellos, los «Algodoneros» de Guasave, con la blancura de la paciencia y la fibra, buscaban enredar el juego.
La primera entrada fue un suspiro contenido, un reconocimiento mutuo entre lanzadores y bateadores. Pero en la segunda, el silencio expectante se quebró con el sonoro «crack» del bate de Ildefonso Ruiz. Un hit contundente que resonó como el primer trueno de una tormenta veraniega, mandando a dos correligionarios a cruzar el plato y desatar la algarabía en las graderías. El marcador, por fin, despertaba.
Los locales, con hambre, no cejaron. En la tercera, Joey Meneses, con la elegancia de un artesano, colocó un doble que trajo otra carrera a casa. El lanzador visitante, Saúl Vázquez, comenzaba a ver cómo la costura de su destino se deshilachaba. Y en la cuarta, el asedio tomatero se volvió un alud. Ramón Ríos, con los músculos tensos y la mirada fija en la pelota, conectó un batazo furioso que produjo otras dos. A su sombra, Ichiro Cano, elevó de sacrificio para permitir a Bryan Corral pisar el home. Seis carreras. Una montaña de algodón que parecía imposible de hilar.
Mientras, en el montículo, Aldo Montes, tejía su hechizo para Culiacán. Cinco entradas y un tercio de dominio, donde sus rectas parecían guiñapos de fuego que desconcertaban a los bateadores de Guasave. Cinco ponches, una sentencia escrita con brazo firme. Los «Algodoneros», sin embargo, no son un equipo que se desmorone. En la primera, Francisco Peña, había anunciado su peligro con un doble productor. Y en la séptima, con el orgullo herido pero vivo, despertaron.
Fue una entrada de oficio y paciencia. Un elevado de sacrificio de Víctor Labrada, permitió anotar la primera de un racimo de tres . Luego, Samar Leyva bateó con rabia contenida un sencillo que trajo otra más. Drew Avans, con otro vuelo preciso, completó el desahogo algodonero. De pronto, el marcador era 6-4. La montaña se había reducido a una colina empinada, pero alcanzable. Un solo batazo podía cambiarlo todo. La tensión, antes disipada, volvió a apretar los estómagos de la afición roja.
El bullpen de Culiacán, un mosaico de estilos y caracteres, tomó la posta. Helvey, Gutiérrez, González… cada uno aportó un grano de arena, o un out crucial, para contener la marea. Pero fue en el noveno, con la noche en su punto más frío y la esperanza visitante aún tibia, cuando el drama encontró su clímax. Anthony Gose, la última línea de defensa tomatera, subió al montículo. Su brazo, una catapulta, lanzó en forma devastadora que congeló a los últimos bateadores algodoneros. El tercer out cayó como una guillotina. Un salvamento, el quinto de la temporada.
El partido terminó con ese mismo sonido seco: el del último golpe de guante que atrapa la pelota del tercer strike. Los Tomateros (2-0) celebraban su segunda victoria, sólidos en lo alto de la serie. Los Algodoneros (0-2) se retiraban con la amargura de una remontada fallida, pero con la dignidad de quien peleó hasta el último algodón. Bajo las luces de Culiacán, la novela de nueve entradas había concluido. Su capítulo, escrito con hits, elevados de sacrificio y lanzamientos certeros, quedaba registrado en el libro de actas y en el corazón agrícola de México.
Hoy, en el Estadio «Azul» el tercero de la serie. (SANBUS).



